El argentino Leo Biagini afronta su futuro en el Real Sporting con la madurez que le otorgan sus diez temporadas en España, pero «igual de ilusionado que siempre» El delantero aprovechó el día libre para viajar a Palma
Nadie que no haya esperado a un futbolista debería considerarse profesional de esto. Tampoco mucha gente conoce a Leo Biagini hasta que se le sienta a veinte centímetros. A esta distancia, el argentino parece transparente. Tal vez sea el síndrome del secuestro, similar al de la espera, pero no aparenta ser el del campo ni tampoco el que se ve detrás de las cámaras. «No hubo ni fiesta ni nada porque, nada más terminar el partido, cogí un avión hacia Palma y, como estaba tan agotado, me quedé dormido de inmediato», se sincera el futbolista, que aprovechó el día de descanso para dejar resuelto un tema inmobiliario en la capital balear.
El delantero de Arroyo Seco es un fenómeno raro. Niño prodigio del balompié argentino -«todo el mundo me echa más de treinta años porque no se dan cuenta de que empecé muy joven; nadie se cree que sólo tengo 27»-, figura prometedora en el Newell's Old Boys y fichaje sonoro del Atlético con apenas dieciocho años, dicen que podría haber sido una de las grandes figuras de su país y no lo ha sido por mor de las circunstancias. Ahora, «más maduro, con familia, totalmente cambiado, pero igual de ilusionado que siempre», vive en Gijón -«me siento cómodo en la ciudad, porque el trato es excelente, aunque el clima sea distinto»-. Tras su brillante paso por Palma de Mallorca -«mis años allí, junto al primero en Madrid, han sido los mejores desde que vine a España», afirma con rotundidad- y otro mucho más apagado por Vallecas, tiene ante sí una nueva oportunidad: ahora o nunca.
¿Y si resulta que Leo quiere tirar unos cuantos tabiques y ampliar su currículo deportivo en Gijón? A las 13.19 horas del domingo, el argentino puso el pie en El Molinón y pareció como si Neil Armstrong pusiera el suyo en la Luna. «Cuando entré, me sentí un poco raro, pero con el paso de los minutos me fui soltando», señala. En las gradas se extendió un clamor irreconocible, o sí, el que acompaña a los jugadores que son más que jugadores, los que levantan expectativas.
El técnico rojiblanco decidió que había llegado el momento de poner fin a la ausencia de Biagini, que, ansioso, detenía sus ejercicios a cada momento. Se le iban los ojos, la ansiedad le carcomía. Se acercó a su lado, le dio una palmadita y le dejó claro el mensaje: «Me dijo que, sobre todo, me moviera bien e intentara abrir espacios en la defensa del Racing».
Entró con su fina figura, contrapuesta a aquel corpachón de pretemporada que llevó a algunos a compararlo con Ronaldo -«hombre, sí que vine gordo, un poco pasado de kilos, pero ya me encuentro bien tras perder seis kilos», asume-. También con una sonrisa espontánea, la de un hombre que disfruta jugando al fútbol. De hecho, tardó sólo tres minutos en convertirse en aquel delantero letal que modifica los partidos por su incomparable calidad y facilidad en el área.
De esta manera disputaba sus primeros minutos desde el 13 de noviembre. Hizo lo que de él esperaba Marcelino: movilidad, claridad y puntería -«al técnico le tengo que agradecer mucho, porque, en los momentos más complicados, siempre me ha apoyado y se ha interesado por cómo me encontraba»-. En la distancia corta parece otra persona: querido y entrañable con sus compañeros, condescendiente con la infancia cazautógrafos, atento y encantador. Por seguir rompiendo tópicos: educado, inteligente, modesto, feliz porque va a triunfar, sincero y tímido.
«Un paso importante»
Leo volvió a la actualidad deportiva del Sporting con todas las bendiciones de los aficionados, satisfechos con sólo verlo jugar. Por si acaso, se reservó un pase de virtuosos para habilitar a Samuel la jugada del primer gol, su propia diana al aprovechar un medido centro de Juan, y la habilidad para 'inventarse' un penalti: «Ha sido un paso importante porque me he demostrado a mí mismo que todavía soy un futbolista válido»
Reside con su esposa española -a la que conoció en Palma- y su hijo Nahuel, de tres años, en una vivienda en Viesques. «¿Qué si influye tener a tu familia junto a ti? No sólo en el fútbol, sino en todas las facetas de la vida. Si hubiera estado solo durante estos meses de lesión, no lo hubiera llevado tan bien», asegura.
El gran día de Leo Biagini en el Sporting ya ha llegado después de un largo calvario de lesiones. Tuvo la oportunidad de regresar hace un mes a su patria, donde la Gimnasia y Esgrima de La Plata suspiraba por su regreso. Hubo incluso contactos, pero prevaleció la postura del futbolista: «He venido para jugar en el Sporting y no me quería marchar así».
Fuente: El Comercio